Y por fin podré dejar en algún sitio todas las sandeces e incoherencias que se me ocurren en cualquier sitio a cualquier hora. Para estrenar el blog, os dejo con el comienzo de Odisea al Norte, el libro que estoy acabando (...).
La puerta de la casa crujió al abrirse. Tras ella asomaron dos piernas temblorosas, y un poco después, una sombra se introdujo en la sala. Al instante empezaron a oírse golpes por todos lados, debido a que la persona que había entrado no paraba de chocarse contra los pocos muebles de la habitación, por la oscuridad de la noche. Cuando por fin consiguió llegar a una puerta, la abrió con cuidado y se adentró en la habitación. Dejó escapar un suspiro de alivio, al encontrarse con la cálida sensación que daba las dos velas encendidas de la habitación. Sin embargo, aún trastabilló un poco hasta el tosco mueble de madera en un rincón de la sala, donde había un cuenco lleno de agua y una de las velas encendidas. Buscó la cama de paja con los pies, torpemente. Cuando la encontró, se sentó en ella y se cubrió la cara con las manos, cansado. Unos momentos después, se acercó el cuenco y miró su reflejo en el agua. Era joven , de unos dieciséis años, con el pelo largo hasta los hombros, y dorado, con varios rizos repartidos por la melena. Tenía unos ojos verdes esmeralda. Después, dio un trago y volvió a dejar el cuenco en la pequeña mesa. Se levantó, dispuesto a apagar la otra vela encendida, pero se detuvo apenas unos instantes a contemplar su cuerpo y sus ropajes; tenía una estatura media, casi podría considerarse alto, aunque no era muy “fornido” propiamente dicho, pero tampoco estaba en los huesos.
Vestía la típica ropa de la época; camisa blanca de tela, un jubón de cuero, pantalones de tela y unas botas maltrechas. Luego, apagó la llama de la vela y se dirigió a la cama de paja. Luego, se desnudó casi por completo, se introdujo en la cama y apagó la segunda vela.
típico de DL:)
ResponderEliminarte sigo, churr-